Los aborígenes no reducidos del
interior del Chaco, no tardaron en realizar varios y cruentos ataques contra las
reducciones del Norte Santafesino. Esto dio origen a una serie de combates entre los tobas
y las tribus de abipones y mocovíes que se mantenían fieles a las autoridades.
En 1811 un episodio lamentable agravó la situación. El Teniente de
Gobernador de Santa Fe, Manuel Ruiz, resolvió organizar una compañía de Blandengues
para reemplazar a los que había retirado Belgrano con destino a la expedición al
Paraguay. Puso al frente de ella al Capitán López, desertor del Ejército de Artigas,
quien en un acto criminal pasó a cuchillo a un grupo de mocovíes de la Reducción de San
Javier, sin motivo aparente, pues éstos se mantenían en paz con las autoridades.
Este desgraciado suceso originó la sublevación de todos los indíge-
nas de la Reducción y a ellos se sumaron los de San Pedro y de Jesús Nazareno de Ispín,
además de los charrúas reducidos en Cayastá. Sólo se mantuvieron al margen de la
revuelta los abipones de San Gerónimo del Rey (Actual Reconquista), pero al ser atacados
por los mocovíes debieron abandonar finalmente la Reducción y trasladarse a la vecina
orilla de Corrientes, estableciéndose en la localidad de Santa Lucía.
Un factor que favoreció esta movilización de las tribus chaqueñas,
fue la inoperancia de los gobernadores enviados desde Buenos Aires a Santa Fe, entre 1810
a 1815. Estos no se preocuparon mayormente de organizar la defensa de la Provincia, eran
extraños al medio en que debían actuar y por lo tanto desconocían la gravedad del
problema del Chaco. Mantuvieron desguarnecidos los fuertes y no encararon ninguna
política para intentar atraer a los indígenas por medios pacíficos. Sólo se ocuparon
-dice el historiador Manuel Cervera- en exigir contribuciones forzosas a los vecinos y
pedirles auxilios en caballada y reses para las tropas que venían de Buenos Aires para el
Alto Perú y la Banda Oriental.
En 1813, una expedición encabezada por Mariano Vera contra las tribus
rebeldes terminó en un desastre junto al Arroyo del Rey. A partir de entonces los ataques
aumentaron en intensidad y audacia, provocando la despoblación y la rui- na de todo el
norte santafesino. La situación mejoró sensiblemente cuando se hizo cargo del gobierno
de la Provincia el Gral. Juan José Viamonte. Este organizó dos compañías de dragones y
estimuló a los propios vecinos a organizarse para la defensa de sus vidas y propiedades.
Cuando Viamonte se hizo cargo del gobierno en el mes de agosto de 1815, la situación se
había tornado tan grave que la Pro- vincia carecía ya de ganados a raíz de los
continuos robos de hacienda y los asaltos indígenas habían llegado hasta las puertas
mismas de la ciudad.
Este gobernante informó de inmediato a las autoridades de Buenos Aires
sobre la difícil situación que padecía la campaña santafesina y solicitó el envío de
200 carabinas para las fuerzas que debían salir a batir a las tribus atacantes y para los
efectivos que guarnecían los pocos fuertes que aún se mantenían en la frontera. Buenos
Aires no se hizo eco de este pedido, pero Viamonte con la colaboración de los propios
vecinos logró cubrir la frontera desde Añapiré hasta la estancia de Iriondo, mediante
una línea defensiva de 7 leguas de longitud con frente al Noroeste.
Cuando el caudillo federal José Gervasio de Artigas extendió su in-
fluencia a todo el Litoral, logró que algunos escuadrones indígenas procedentes del
Chaco engrosaran sus ejércitos. Lo mismo hizo el caudillo Estanislao López, quien desde
1819 se hallaba al frente de la Provincia de Santa Fe.
En aquel año, un audaz ataque indígena llegó hasta las puertas de la
ciudad. López logró conjurar el peligro y con astucia entró en negociaciones con los
principales caciques, a fin de evitar nuevas correrías. Finalmente, al igual que lo
hiciera Artigas, engrosó sus filas con una compañía de indios chaqueños, quienes
participaron en la batalla de Cepeda contra las tropas del Directorio el 1ro. de febrero
de 1820. Acción que terminó con el triunfo de los caudillos federales López y Ramírez
y ocasionó la caída del Directorio, o sea del gobierno centra- lista porteño.
En esta batalla combatieron también, del lado federal, indígenas
guaraníes y ello explica que según lo relata Bartolomé Mitre en el fragor
del combate se oyeran "los timbales de los indios guaraníes y las bocinas de los
indios del Chaco"; es decir el ronco sonar de los instrumentos con que se
acompañaban en la guerra para estimular su valor.
Años después el caudillo santafesino comenzó paulatinamente a ale
jar el peligro de los ataques indígenas. En 1829 acordó con el gobierno de Córdoba el
establecimiento de una línea de fortines en ambas jurisdicciones y la reapertura del
camino que unía a dichas ciudades. A partir de 1832, mediante sucesivas expediciones al
Chaco, logró hacer retroceder a las tribus más belicosas hacia el norte y repoblar la
región devastada por las incursiones indígenas. Así es como surgieron nuevas
reducciones: Santa Rosa de Calchines, San Gerónimo del Sauce y San Pedro de Saladillo.
La situación de la provincia de Córdoba con respecto a los ataques
indígenas, no era muy diferente a la de Santa Fe. Esta Provincia limitaba con la región
chaqueña por su ángulo Noreste. En esa zona contaba hacia 1810 con fuerzas acantonadas
en Villa María del Río Seco y en El Tío, efectivos que hasta ese momento habían
contenido las arremetidas de las tribus guerreras del Chaco con relativa eficacia. Pero, a
raíz del intento contrarrevolucionario de Santiago de Liniers, estas fuerzas fueron
retiradas por orden de la Junta de Mayo para sofocar el movimiento sedicioso y esa línea
defensiva quedó desguarnecida.
Para evitar los ataques que comenzaron a hacerse frecuentes en la
campaña cordobesa limítrofe con el Chaco, las autoridades intentaron comprar la buena
voluntad de los indígenas mediante la entrega de yerba, tabaco, aguardiente y otras
mercaderías.
Pero la situación siguió agravándose,
especialmente por la presencia en la región de emisarios del caudillo Artigas, quienes
buscaban un acercamiento con las tribus chaqueñas para contar con su colaboración en el
derrocamiento de las autoridades cordobesas que respondían al Gobierno de Buenos Aires.De
este modo y también en esta parte de la frontera nuestros aborígenes participaron,
aunque indirectamente, en las luchas que fe- derales y directoriales comenzaron a
protagonizar desde 1814 y que culminó con la crisis institucional del año 1820.
Fig. 46.- El General José de San Martín
Hacia 1816, la amenaza de una gran sublevación indígena, obligó a
las autoridades cordobesas a adoptar urgentes medidas de defensa, entre ellas la creación
de una compañía de "Dragones de la Frontera del Chaco", la que fue acantonada
en el fuerte de El Tío. Pero tan grande era la carencia de armamen- tos para equipar a
este cuerpo que el propio Director Supremo, Pueyrredón, comprendiendo la gravedad de la
situación, dio orden al Gral. José de San Martín para que remitiera a esa Provincia el
armamento necesario, sacándolo del parque del Ejército Libertador que éste estaba
organizando en su campamento de El Plumerillo, en Mendoza. Pero San Martín, temiendo que
esas armas sean utilizadas contra los caudillos federales, es decir, para las luchas
fratricidas, se abstuvo de enviarlas.
Como las matanzas y saqueos continuaron, el Director Pueyrredón
ordenó al General Antonio Alvarez de Arenales que comandase una expedición bien equipada
al interior del Chaco a fin de lograr el repliegue de las tribus hostiles hacia el
interior de esa región. Arenales, que se encontraba en Tucumán, bajó a Córdoba y Iuego
a Santa Fe para solicitar el apoyo de sus respectivos gobernadores.
Esto ocurrió entre octubre y noviembre de 1817, pero este
ambicioso proyecto no pudo materializarse pese al empeño puesto por Arenales en cumplir
con la misión encomendada. Las autoridades de ambas provincias estaban más preocupadas
por las contiendas civiles que por la situación de sus fronteras con el Chaco.
Fig. 47 Subdivisión territorial dispuesta por el Directorio
en 1814. En ella el Chaco aparece repartido entre las Intendencias de Buenos Aires, Salta
y Tucumán.
No obstante el fracaso de los planes de Arenales, en ese mismo año
salió de la Villa del Río Seco, una expedición al mando del Coronel Francisco Vedoya,
con fuerzas pertenecientes a Córdoba y Santiago del Estero. Esta expedición logró
llegar hasta el Río Salado y llevar un poco de tranquilidad a la castigada campaña
cordobesa.
Pero el esfuerzo que demandó su realización y el territorio que se
tuvo que batir para lograr el repliegue de las tribus chaqueñas, demuestra el poder
expansivo y de movilidad que éstas habían adquirido durante el siglo anterior y el poder
de convocatoria que habían adquirido los caudillos indígenas al reunir en torno suyo a
caciques de menor rango que los secundaban en sus incursiones guerreras.
En Santiago del Estero, los esfuerzos de las autoridades se limitaban a
mantener la línea defensiva sobre el Río Salado, aunque ello no impidió que en
numerosas oportunidades los ataques indígenas rebasaran esa línea Los principales
fortines en esa frontera eran Matará y EI Bracho, pero las autoridades, en lugar de
enviar tropas regulares a guarnecerlas remitían allí a los vagos, desertores o
prisioneros políticos, quienes no constituían precisamente una garantía para una
defensa eficaz contra los avances indígenas sobre las poblaciones.
También las autoridades de la provincia de Salta debieron retirar
efectivos de los fuertes que defendían la frontera con el Chaco, cuando se llevaron a
cabo las expediciones al Alto Perú y cuando su territorio fue escenario principal de la
guerra por la Independencia en el Norte. Fue el General Martín Miguel de Güemes quien
más se destacó por realizar una labor efectiva de penetración y de defensa de los
límites de su Provincia con la región chaqueña.
Fig. 48 Detalle de un cuadro del General Martín Miguel de
Guemes
El caudillo salteño organizó varias expediciones en dirección al
Chaco con el fin de proteger el camino a la población de Orán, última fundación
hispánica en la región. Además comisionó al Coronel Wilde para proteger el
estratégico paraje de Esquina Grande y proyectó un camino que uniese el Río Salado con
el Bermejo, entre las poblaciones de Miraflores y Palo Santo. Posteriormente el gobierno
salteño creó los Departamentos de Orán y Rivadavia, situados entre los ríos Bermejo y
Pilcomayo Una prueba de la eficacia de este sistema defensivo es que perduró hasta la
época de las primeras expediciones militares que en la segunda mitad del Siglo X IX
cruzaron el Chaco desde el Oeste hasta el Río Paraná y el Fuerte Rivadavia sobre el
Bermejo, fue el punto más avanzado hacia el Chaco hasta 1876.