Escudo de la Provincia del Chaco

Subsecretaria de Cultura de la Provincia del Chaco

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Historia del Chaco- Altamirano - Dellamea de Prieto - Sbardella. (para Internet.)

Capítulo I - Período Hispánico

Título III - El Chaco Durante el Siglo XVIII.

6. – Repercusión de la Rebelión de Túpac Amaru en la región

El Gran Chaco experimentó los efectos del gran alzamiento aborigen protagonizado por Túpac Amaru contra el régimen colonial español entre 1780 y 1781. Aunque la mayoría de los sucesos que vamos a narrar tuvieron lugar en jurisdicción de la provincia del Tucumán, sus protagonistas, los aborígenes tobas y matacos procedían de lo que entonces se llamaba Gran Chaco Gualamba, territorio no dominado por las armas españolas sino por diversas tribus guerreras, y que se extendía desde la provincia del Tucumán hasta los ríos Paraguay y Paraná, en la jurisdicción de Asunción, Corrientes y Santa Fe.

El 4 de noviembre de 1780, el cacique de Tungasuca (Bajo Perú), José Gabriel Condorcanqui – titulándose Túpac – Amaru, de la sangre de los incas – inició la rebelión con el apresamiento y muerte del Corregidor de Tinta, Don Antonio de Arriaga. Rápidamente el movimiento se extendió al Cuzco y a otras poblaciones del Alto y Bajo Perú. Túpac Amaru decidió asumir el 15 de noviembre la dirección de toda la sublevación y lanzó una proclama en la que expresaba los motivos de la misma.

Las causas de este vasto movimiento insurreccional del siglo XVIII hay que buscarlas en la política económica aplicada por los Borbones en sus colonias de América durante el siglo XVIII, especialmente por Carlos III. Fue el objetivo de esta política hacer rendir económicamente a "Las Indias" para contribuir a la prosperidad del Estado Español, del mismo modo como los otros estados europeos se valieron de sus colonias para cimentar su poderío.

En los últimos decenios del Siglo XVIII se llevó a cabo una tremenda ofensiva fiscal sobre el territorio americano, en especial contra la producción artesanal criollo – aborigen del Alto Perú y del Río de la Plata. Ejecutor de la misma en esta parte del continente fue el visitador José Antonio de Areche, quien en 1776 recibió la misión de reorganizar la Real Hacienda del Virreinato del Perú para lo cual fijó un crecido impuesto a las ventas (la alcabala) y estableció el monopolio estatal del comercio del tabaco, el alcohol y los naipes (los estancos). Los Corregidores de los distintos pueblos aplicaron estas medidas con singular rapacidad, afectando a la población indígena, mestiza y criolla de escasos recur sos, ocasionando así un marcado rechazo hacia todo el sistema imperante.

A los primeros síntomas de descontento en las ciudades y pueblos del Alto perú, siguieron esporádicas manifestaciones de rebelión en La Paz, Arequipa, Cochabamba y Chuquisaca; las que culminaron con el levantamiento general encabezado por Túpac Amaru. Este movimiento no tardó en transformarse en una lucha racial entre indígenas y blancos, con su secuela de matanzas y saqueos, escapando del control de su propio caudillo y causando alarma a toda la pobla- ción blanca, criolla y mestiza que temía por sus vidas. No obstante la extensión y gravedad que alcanzó el alzamiento, Túpac Amaru fue derrotado por el Ejército Español en abril de 1781, en la misma región donde había iniciado su movimien- to cinco meses antes. Hecho prisionero y sentenciado por el visitador Areche, fue bárbaramente ejecutado, junto con su mujer, hijos y allegados. Sin embargo, el movimiento continuó hasta diciembre de ese año y varios levantamientos parciales ocurrieron entre 1782 y 1783.

Esta gran insurrección repercutió gravemente en el territorio argentino, especialmente en los pueblos y reducciones de la antigua Provincia del Tucumán, fronterizos con el Chaco, donde diversos levantamientos indígenas, apoyados por criollos y mestizos, pusieron en jaque a las autoridades y las obligaron a recurrir a las armas para sofocarlos.

Se encontraba al frente del Virreinato Don Juan José de Vértiz y Salcedo, y gobernaba la Provincia del Tucumán con residencia en Salta, Don Andrés Mestre, que ostentaba el rango de Coronel de Milicias. Éste, siguiendo instrucciones reales, había adoptado ya diversas medidas para cortar los abusos y malos tratos que sufrían los indígenas. Además ordenó la fundación de la reducción de Nuestra Señora de las Angustias con indios Mataguayos y el fuerte contiguo a la misma para su defensa. En esta época, la frontera del Tucumán con el Gran Chaco estaba guarnecida por un cordón de fuertes y reducciones que se jalonaban desde el Río Salado en el Sur hasta el Río Grande o Bermejo en el Norte. Las reducciones habían decaído después de la expulsión de los jesuítas y los fuertes protegían a los pueblos y ciudades desde Jujuy a Santiago del Estero, contra Ios frecuentes ataques indígenas procedentes del interior del Chaco.

Los levantamientos que se habían producido en las provincias de Chichas, Lipes y Cinti en el Alto Perú, se propagaron rápidamente a nuestro actual territorio en la jurisdicción jujeña fronteriza con el Chaco. Tanto en la población aborigen de las reducciones como entre los criollos y mestizos que integraban la clase humilde -llamada "plebe"- el malestar era causado no sólo por los gravámenes, gabelas, contribuciones y derechos parroquiales excesivos, sino por la paralización del tráfico comercial procedente del Alto Perú con destino al Puerto de Buenos Aires, ocasionada por la guerra entre España e Inglaterra.

En febrero de 1781 la conspiración estaba en marcha y tenía su centro en la Reducción de San Ignacio de indios tobas situada al N.E. de Jujuy. Sus habitantes se alzaron en armas y, en alianza con las tribus no reducidas del interior del Chaco, se aprestaban a atacar la ciudad el 28 de marzo, capitaneados por un mestizo lenguaraz llamado José Quiroga.Fig - 40. La idea de un "Rey Inca" como factor de liberación para criollos y aborígenes se había extendido por toda la región, actuando como factor aglutinante de los distintos grupos raciales implicados.

Fig.40 Retrato de José Gabriel Condorcanqui "Túpac Amarú", cuya rebelión en 1781 se extendió al territorio del Virreinato del Río de la Plara, en especial a los aborígenes de la región chaqueña. (Oleo del artista peruano G. Suárez Vértiz)

EI Cabildo de Jujuy, al conocer las primeras noticias del inminente ataque, adoptó urgentes medidas de defensa, armando a los vecinos y destacando guardias de avanzada en los pasos estratégicos.

Por esta causa o porque los sublevados deseaban obligar a las milicias a desguarnecer la ciudad, el ataque se llevó contra el Fuerte del Río Negro, que le servía de protección. El Comandante Militar de Jujuy, Don Gregorio de Zegada, convocó a las milicias para auxiliar al fuerte sitiado, pero una parte de ellas se sublevó y se retiró a los bosques para unirse a los tobas.

El 1ro. de abril, ante la gravedad de la situación, Zegada pidió al Gobernador Mestre el env ío de 50 o 60 veteranos desde Salta para cargar sobre Ios sitiadores por retaguardia, mientras él, con las fuerzas que pudo reunir, marchó en ayuda del Fuerte del Río Negro cuya guarnición estaba a punto de sucumbir. EI Gobernador Mestre envió al Comandante Cristóbal López al frente de un cuerpo de veteranos en dirección al Fuerte asediado, pero debió movilizar todas las milicias disponibles en virtud de que la insurrección se había extendido también a la frontera de Salta y ponía en peligro a la ciudad.

En su informe al Virrey, Mestre señaló que se vio obligado a reforzar la guarnición del Fuerte del Río del Valle y poner destacamentos en las bocas de las quebradas por donde podía introducirse el enemigo. También, al igual que en Jujuy, debió armar los vecinos de Salta para el caso de un ataque. La táctica de los aborígenes, según varios testimonios, era la de provocar el máximo de dispersión en las fuerzas defensoras, amenazando distintos puntos simultáneamente y desplazándose por los montes con gran rapidez. Esto obligó al Gobernador Mestre a desplegar sus efectivos en un amplio frente que abarcaba un gran sector de la frontera del Tucumán con elFig - 41. Chaco y a solicitar refuerzos a otras ciudades del Virreinato, como San Miguel de Tucumán y La Rioja.

Fig.41 El Gobernador Matorras del Tucumán, según detalle del cuadro de Tomás Cabrera

Pese al serio riesgo que corrieron Salta y Jujuy entre Marzo y Abril de 1781, el movimiento fracasó en virtud de la heterogeneidad de los grupos insurrectos, la falta de conducción y de un plan orgánico, y la demora en rendir el Fuerte del Río Negro. Zegada pudo sorprender a un grupo de rebeldes en Zapla y prender a 27 de ellos en momentos en que se aprestaban a marchar sobre Jujuy. Por su parte el Comandante Cristóbal López logró vencer y poner en fuga a la fuerza sitiadora, matando a nueve indígenas y a dos cristianos. Luego, ambos jefes unieron sus fuerzas e hicieron frente a una columna de indios matacos que avanzaba desde el interior del Chaco a sumarse a la rebelión. Los derrotaron completamente e hicieron 65 prisioneros, más un grupo de mujeres y niños que los acompañaban.

El Cabildo de Jujuy puso precio a la cabeza de los principales caudillos de la revuelta: José Quiroga (mestizo), Antonio Umacata (aborigen), Gregorio Juárez (criollo), Basilio Eraso (mestizo) y José Domingo Morales (criollo). La mayoría de ellos fueron capturados, ejecutados y sus cabezas expuestas en los fuertes y presidios donde habían prestado servicio. A José Quiroga, el jefe de la sublevación, le correspondió el castigo más cruel: fue atado a la cola de un caballo y arrastrado alrededor de la plaza de Jujuy, luego fue ahorcado y su cabeza y manos expuestas en los pueblos cercanos.

Los matacos capturados fueron ejecutados en su totalidad sin perdonar a las mujeres ni a los niños y sus cuerpos colgados de los árboles junto a los caminos "para terror y escarmiento de los demás", según lo manifestó el propio Gobernador al Virrey. Del resto de los apresados, los que no fueron ejecutados, fueron marcados a fuego en el rostro con la "R" de la rebeldía y condenados a trabajos forzados. No obstante este cruel e inhumano castigo, el estado de rebelión continuó durante algunos meses y en julio, los tobas reducidos a orillas del Río de Ledesma -en jurisdicción de Jujuy- volvieron a sublevarse, pero fueron nuevamente derrotados y sus caciques, muertos en combate o ejecutados posteriormente.

Las Reducciones del Bermejo fundadas por Francisco Gabino Arias entre 1780 y 1781 y puestas a cargo del Padre Lorenzo Suárez de Cantillana no se plegaron al movimiento. Los tobas fugitivos, de las fronteras jujeña y salteña, al ver fracasado su intento, se internaron en el Chaco y trataron de sublevar primeramente a los indígenas reducidos de San Bernardo, con la intención de arrasar el poblado, pero los caciques los rechazaron. Lo mismo ocurrió con los mocovíes de Nuestra Señora de los Dolores de La Cangayé. Estos eran enemigos tradicionales de los tobas que habitaban la zona fronteriza de Salta y Jujuy, por lo que se negaron también a rebelarse. Estos aborígenes se mantuvieron fieles a las autoridades porque sus reducciones se encontraban en la etapa inicial de organización bajo la atenta supervisión del P. Cantillana. Además, los caciques del Bermejo medio respetaban el tratado de 1774 entre Matorras y Paykín.

 

 

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